domingo, 28 de marzo de 2010

lunes, 22 de febrero de 2010

miércoles, 21 de octubre de 2009

De un fútbol raro

El fútbol es muchísimo más que “22 tipos corriendo detrás de una pelota”, definición que el negro Dolina, con la agudeza que lo caracterizaba, ha calificado sabiamente de patética. El fútbol, al menos lo que yo entiendo por ese concepto, es, y lo afirmo casi sin ruborizarme, todo “lo demás” que lo circunda. Lejos de los resultados y de los trofeos. De allí mi planteo de que estos relatos no son sólo para futboleros, sino que intentan abordar sentimientos y emociones universales. Ir a la cancha genera ritos, amistades, códigos, olores, atardeceres únicos, paisajes urbanos. (En las charlas con algún amigo en el colectivo, yendo a la cancha, se pueden abordar temas casi filosóficos). Qué perfume francés, por más importado y oneroso que resulte, puede provocarnos la compulsión desesperada hacia los choris humeando contra el alambrado. El fútbol une clases sociales que la sociedad (o al menos una parte) se empeña en distanciar. Todos juntos por un color. Y los de enfrente, enemigos irreconciliables por 90 minutos; y lo mágico, es que después con esos bastardos nos unen un millón de sentimientos fraternales, artísticos, ideológicos y de cualquier tipo; pero durante 90 minutos somos archienemigos.
El fútbol subvierte realidades. Los poderosos de la sociedad, sin son hinchas de un club chico, pasan a ser pobres diablos ante los poderosos grandes, y en sus multitudinarias hinchadas miles y miles de integrantes seguramente vivan en villas o en barrios humildes. Pero por noventa minutos y en las cargadas de la semana, son la clase dominante.
Pero más allá de esta paradoja, el verdadero sentimiento, el que yo intento poner de manifiesto en muchos de estos relatos, está allí, en los clubes chicos, en los clubes de barrio, esos iracundos davides que domingo a domingo se las tienen que ver con los goliades, y que tantas veces, a piedrazos, derrotan.
Cuantos dinosaurios han caído en los verdes lechos domingueros, ante el silencio de muerte de la turba incrédula.
Recuerdo nítidamente una soleada tarde en la cancha de Independiente en la que un morochón, de esos que si se lo encuentra de noche, uno le entrega la billetera sin solicitud previa, hacía un vúmetro imaginario con su dedo, al ritmo de un cántico de la hinchada de San Lorenzo. Era una actitud tierna e infantil (sus ojos irradiaban una inédita dulzura), inimaginable en alguien al que en otro ámbito asociaríamos automáticamente al temor y al delito, por millones de presunciones y estereotipos que lamentablemente llevamos incorporados y que nos separan y que hacen que este mundo se haya convertido en la defensa permanente y obsesiva de nuestra seguridad.
Con este puñado de palabras y tratando de no extenderme demasiado, intento expresar torpemente algunas de las cosas que el fútbol significa para mí. Y por eso el título, porque en cada uno estos relatos pretendí hablar de ese “fútbol raro” que yo veo y que la mayoría de las veces no registra la estadística y menos aún, por supuesto, los periodistas sin magia ni tablón.


Maracho

Festejar


Noche Santa

Fue la noche del sueño profundo de los vivos sin sangre azulgrana en sus venas, escribió en el primer párrafo del manuscrito que me regaló, fue la noche en que los muertos sanlorencistas tomamos prestadas sus conciencias, para junto con los vivos que sí la tenían, colocar las cosas en su justo lugar. Fue la Noche Santa.
Lo cierto es que la sorpresa de los que durmieron en sus casas, sin escuchar ruido alguno durante esa noche, nunca va a encontrar una explicación satisfactoria a lo que ven sus ojos incrédulos. Tampoco la de los artífices materiales del milagro, que mágicamente han olvidado absolutamente todas las instancias de la fabulosa Noche Santa. Racionalmente no la tiene ni para mí que recuerdo todo, por lo cual esa búsqueda fracasará para siempre en el tiempo. Será seguramente el eterno gran misterio de la ciudad de Buenos Aires. Sólo hablan de las discusiones previas, sobre los misteriosos gritos que comenzaron a oírse fantasmales en el supermercado de Avenida La Plata al 1700, desde las noches anteriores a la Noche Santa. Gritos de una multitud enfurecida, que atemorizaba a cajeras y clientes. Y de sobremanera a las autoridades locales de la firma. Nadie podía encontrarle explicación al extraño fenómeno. Mentalistas, religiosos y retóricos delirantes se dieron por vencidos, aún cuando siguen desatando su incontinencia verbal en la televisión. Como tampoco le encontraron explicación a lo que pasó después. Estamos ante un caso de desintegración molecular, dijo un afamado brujo de Once, quien cuenta con el favoritismo de la farándula. Un caso de voluntad colectiva, afirmó un físico japonés, y fue tal vez él más atinado. Pero todo eso se vertió sobre el hecho consumado, hasta legalmente se le está buscando el respaldo jurídico a la venta del predio, documento que cuenta con la firma de la máxima autoridad del supermercado en la Argentina, casualmente hincha confeso de San Lorenzo de Almagro, pero que arguye no recordar haberlo firmado. ¿A quién se le ocurría pensar en alguien soñando lo mismo todos los días con toda la fuerza de su corazón?. A nadie, por supuesto. Pero bueno, ya sabemos como son las cosas. Lo cierto es que antes del absurdo, la preocupación se limitaba a las voces de la multitud fantasmal que cada día rugía más potente en el interior del supermercado, derrumbando mercadería de las góndolas. Y tan incontrolable fue el fenómeno, que la tarde previa a la Noche Santa, el supermercado debió cerrar sus puertas, ya que los gritos se hicieron insoportables.
Pero lo único real, lo único indiscutible, es que ahora allí está el estadio, el mismo coloso de cemento que estaba en el Bajo Flores. Y lo extraño, lo que me hace sentir un elegido, es que todos los cuervos que hicieron realidad este sueño, no recuerdan absolutamente nada. Sólo saben que no estuvieron en sus casas y que la cancha está donde nunca debió dejar de estar.
Todo comenzó después de la medianoche. Yo estaba en la cama, inquieto, y como arengado por un mandato divino, me levanté y salí caminando hacia Avenida La Plata al 1700. En el cielo, la Vía Láctea se percibía nítida y cercana. Una sola vez en mi vida, mientras conducía por una solitaria ruta santiagueña, la había percibido de esa manera. Por las calles caminaban millones de personas, entre las que reconocí al Gallego Insúa, al flaco Cousillas, a Walter Perazzo, al nano Areán, a Hernán Caire, a Marcelo Tinelli. Caminaban sin hablar, en procesión. Pero lo verdaderamente increíble fue ver a Martino, a Farro, a Pontoni, a Hugo Pena, a Roberto Galán, la silueta inconfundible del vasco Lángara, una infinidad de glorias azulgranas con las que tantas veces me había mirado a los ojos desde pósters ajados. Abriéndome paso entre el gentío alcancé la puerta del supermercado. En la playa de estacionamiento, el mismísimo Padre Lorenzo Mazza, enfundado en su sotana negra, dirigía con una varilla a un pelotón de fusilamiento, entre los que reconocí al gringo Scotta, y al tucumano Albretch. Pero no disparaban con armas, sino que lo hacían con pelotas Pintier, que como misiles derrumbaban las paredes de cemento del imponente comercio. El Padre Lorenzo Mazza daba la orden y ellos disparaban los fulminantes cañonazos que destrozaban todo lo que se les cruzara. A mi lado descubrí a Néstor Dores, el genial director de la célebre revista El Ciclón, tomando notas desesperadas y arengando a su fotógrafo para que captara las instantáneas de las históricas instancias. El absurdo no podía con mi alegría y cuando el supermercado finalmente se derrumbó, todos gritamos victoriosos y al unísono: “El Ciclón, El Ciclón”, como es religioso gritar después de cada gol azulgrana.
Lo que siguió fue apoteótico. Inolvidable.
Todos, los miles y miles que éramos, marchamos hacia el Bajo Flores y con una fuerza sobrehumana comenzamos a empujar las tribunas del nuevo Gasómetro. Las pesadas estructuras de concreto se deslizaban como por aceitadas ruedas sobre el asfalto la Avenida Cruz hasta trepar la pendiente de Avenida La Plata. ¿Quién podría explicar desde la razón algo semejante? Sólo deben conformarse con el absurdo de ver el cemento silencioso del nuevo Gasómetro en los terrenos de Avenida La Plata, sin ni siquiera sospechar como llegó hasta allí y concluir que en la Argentina pasan cosas que no pasan en otros lugares del mundo. Pero bueno, eso siempre fue y será así.
Después de engarzar con precisión las tribunas en el predio, comenzó el emotivo discurso del Padre Lorenzo Mazza. A su lado reconocí, de tanto verlos en viejas fotos, a Francisco Xarau, a Gianella y a los hermanos Coll, los primeros jugadores de la historia del Ciclón. Néstor Dores reporteaba a Jacobo Urso, aquél que murió defendiendo la casaca de San Lorenzo en los albores de la institución. El religioso, interrumpió los murmullos, y ya subido al escenario, afirmó que era una Noche Santa, pero que no significaba de manera alguna un acto de violencia y de expropiación hacia las autoridades del supermercado. En el Banco Galicia, sucursal Boedo, sus autoridades podrían encontrar al otro día una cuenta con el importe exacto del valor del predio y la edificación y otra cuenta a nombre de la Gobernación de la Ciudad de Buenos Aires, para destinar a la construcción de un barrio modelo en el Bajo Flores, ya que la pobreza de la villa de emergencia frente a estadio, lo había conmovido hasta sus fibras más íntimas. El pujante espíritu del fundador del club San Lorenzo de Almagro estaba intacto. Luego afirmó, ante todo el público presente, que todo era obra de mi sueño, del sueño permanente que yo anidaba en la cabeza, el sueño de que San Lorenzo volviera a Avenida La Plata. Soñar algo con insistencia y ansiarlo con todo el corazón es generar una realidad, la maravillosa realidad que nos convoca esta noche aquí, dijo haciéndome estallar en lágrimas de emoción. Todos los presentes me miraron con agradecimiento. Yo había generado el milagro tan ansiado, yo había movido a vivos y muertos a la concreción de ese deseo que también era de todos. Mi persistencia lo había hecho posible. La gente me aplaudió, empujándome a subir al escenario. Lo único que dije fue que era el día más feliz de mi vida y otra vez volví a romper en llanto.
Unos instantes después, el cielo empezó a descender sobre nuestras cabezas. Las estrellas potenciaban su brillo de una manera fabulosa al acercarse. El azul entintado del universo nos envolvía en sus sedas. Y como si fuera una maniobra ensayada hasta la perfección, los vivos comenzaron a desconcentrarse y los muertos a colgarse de las estrellas que ya estaban al alcancé de la mano. Era maravilloso tener a la Vía Láctea tan cerca, algo que mientras viva jamás voy a olvidar.
Me quedé absolutamente solo, quieto sobre el escenario. Cuando el cielo se alejó definitivamente, unos tibios rayos de sol me acariciaron la cara. Atontado por la vertiginosa sucesión de emociones, bajé las escaleras y me metí en una de las puertas de ingreso al estadio. El sol resplandecía el cemento de las tribunas y el corazón me volvió a pegar un sacudón cuando sentado en las gradas lo vi. Era el mismísimo gordo Soriano y estaba escribiendo el manuscrito que después me regaló. Me acerqué a él con ansiedad y respeto.
-Maestro, vio, esto es un milagro, parece que es verdad nomás todo esto.
Se sacó el cigarrillo de su boca y con su inconfundible voz finita me dijo:
-Sí pibe, es verdad. No era tu sueño acaso. Bueno, vos nos trajiste a todos para que te demos una mano y ahora que se la aguanten los que se la tengan que aguantar. San Lorenzo es este lugar y los sueños no son ilógicos, los sueños simplemente ponen las cosas en su justo lugar.
-Qué maravilloso, Dios mío qué maravilloso. Gracias maestro.
-Gracias a vos pibe y no me digas maestro que yo nunca pude enseñarme ni a mí mismo. El cura también jodió mucho allá arriba para que esto se haga realidad. Tomá (me entregó el manuscrito), estos son unos apuntecitos que tomé, los llamé: “Noche Santa”. Un escritor o lo que yo sea, siempre está de wing, junando lo qué pasa, viste. Y ahora me voy, es que ando con alma prestada viste y por dártelos no me subí a mi estrella. Pero vaya que valió la pena, aunque ahora voy a tener que salir del mundo por el cementerio -bufó acomodándose los pliegues del pantalón.
Tomé los apuntes como a un tesoro.
El gordo Soriano me saludó con afecto y bajó con dificultad los escalones. Se dio vuelta y me volvió a dirigir la palabra.
-Era más fácil bajar los de madera. Hubieras soñado que volvía la de madera, pero bueno, no nos quejemos que la dicha es grande.
Cuando llegó a la puerta de salida, un gato que estaba recostado en el piso, se incorporó y lo siguió en silencio.
Maracho

Equipazo !!